Hay personajes que forman parte de nuestra infancia y que, con el paso de los años, descubrimos que nunca fueron exclusivamente para niños. Cri-Cri, el Grillito Cantor, es probablemente uno de los mejores ejemplos.
Francisco Gabilondo Soler nació el 6 de octubre de 1907 en Orizaba, Veracruz, y con el tiempo se convertiría en uno de los compositores más importantes de la música infantil mexicana. Pero reducirlo a “el señor que escribió canciones para niños” sería hacerle una enorme injusticia.
La vida de Gabilondo Soler fue bastante peculiar. Fue un músico autodidacta, pero sus intereses iban mucho más allá de la composición. Le apasionaban la literatura, la geografía, las matemáticas y, especialmente, la astronomía. También practicó boxeo, natación y llegó a interesarse por la tauromaquia. En 1951 se incorporó a la Sociedad Astronómica de México e incluso construyó un observatorio en Tultepec.
Quizá esa curiosidad permanente explique buena parte de lo que después encontramos en sus canciones: un universo enorme en el que animales, objetos, niños, adultos y personajes fantásticos podían convertirse en protagonistas de pequeñas historias.
En 1934 llegó a la XEW con un programa dedicado a los niños. Fue entonces cuando nació Cri-Cri, el famoso Grillito Cantor. El programa permanecería al aire durante 27 años y terminaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes de la radio mexicana.
Y aquí comienza lo verdaderamente interesante.
Porque muchas de las canciones de Cri-Cri pueden escucharse hoy con otros oídos.
“La Patita”, por ejemplo, cuenta la historia de una madre que tiene que salir a buscar comida para sus hijos mientras su pareja no cumple con sus responsabilidades. “Los Tres Cochinitos” habla del hambre y hasta del deseo de trabajar para ayudar a una madre.
En “El Chorrito”, “El Jicote Aguamielero”, “Negrito Sandía” o “La Marcha de las Letras” encontramos también observaciones sobre comportamientos, costumbres y situaciones de la vida cotidiana, algunas que incluso son mal vistas en la actualidad.
No hace falta convertir cada canción de Cri-Cri en un manifiesto político para reconocer que detrás de sus personajes había una mirada crítica. La propia Fundación Francisco Gabilondo Soler reconoce en su obra un componente de crítica social y señala cómo algunas canciones utilizan el humor para cuestionar situaciones de la sociedad.
Eso es quizá lo más brillante de su trabajo: Gabilondo Soler rara vez necesitaba sermonear. Prefería disfrazar sus observaciones de cuento.
Un pato irresponsable podía hablar de las obligaciones familiares. Una pequeña patita podía mostrar las dificultades económicas de una madre. Un personaje extravagante podía convertirse en una caricatura de ciertos comportamientos humanos.
Y mientras los niños escuchaban una historia divertida, los adultos podían reconocer algo mucho más incómodo.
Por eso resulta difícil decir que Cri-Cri hacía simplemente “música infantil”. Sus canciones tenían imaginación, humor, juegos de palabras y personajes fantásticos, pero también una riqueza literaria y musical que ha permitido que sigan siendo escuchadas por generaciones.
Incluso, investigaciones académicas han señalado precisamente la complejidad de su lenguaje y la posibilidad de analizar su obra más allá de la categoría de música para niños.
Musicalmente tampoco se limitó a una sola tradición. En sus composiciones aparecen influencias y ritmos tan diversos como el tango, el blues, el ragtime y el danzón.
Francisco Gabilondo Soler murió el 14 de diciembre de 1990, pero Cri-Cri nunca desapareció realmente. Sus canciones siguen pasando de padres a hijos, apareciendo en escuelas, programas de radio, discos y nuevas interpretaciones. La Fonoteca Nacional de México conserva cientos de materiales relacionados con su obra, incluyendo grabaciones, programas de radio, entrevistas y narraciones.
Y quizá por eso vale la pena recordarlo cada 6 de octubre.
No solamente porque nació uno de los grandes compositores mexicanos del siglo XX, ni porque millones de personas crecieron escuchando “El Ratón Vaquero”, “*Caminito de la Escuela”, “Los Conejos Panaderos”, “Ché… araña” o “Las Brujas”.
Vale la pena recordarlo porque Cri-Cri nos demuestra que hablarle a los niños no significa necesariamente hablar de cosas simples.
Francisco Gabilondo Soler entendió que una canción podía hacer reír, imaginar, enseñar y, al mismo tiempo, dejar una pequeña pregunta rondando en la cabeza.
Tal vez esa sea la verdadera magia del Grillito Cantor: cuando éramos niños escuchábamos sus canciones como cuentos. Cuando crecemos, comenzamos a descubrir que algunos de esos cuentos también hablaban de nosotros.