¿Estás seguro de quién eres en realidad? En apariencia, Chad Powers es una comedia deportiva ligera, con máscaras, con engaños y con risas; por dentro, es una batalla con el ego, con los errores propios y con lo que dejamos de ser cuando creemos que nadie nos ve.
Chad Powers surge de un clip viral del ex quarterback de los New York Giants, Eli Manning, en su serie ‘Eli’s Places’, donde él se disfraza para hacer pruebas universitarias de fútbol bajo el alias “Chad Powers”. Esa idea, pública, breve y graciosa, se transforma ahora en una serie de seis episodios (primera temporada) creada por Glen Powell y Michael Waldron.
La historia sigue a Russ Holliday, un ex quarterback universitario cuya carrera se destruyó tras cometer un error imperdonable. Ocho años después, necesitándose redimir, decide disfrazarse (sí, con prótesis, peluca, voz diferente) como “Chad Powers” para colarse en el equipo universitario South Georgia Catfish, un equipo con problemas deportivos, reputación baja y muchas ganas de resurgir —tanto el equipo como él mismo.
Russ Holliday no es el tipo “perfecto”: es arrogante, está herido, se siente humillado. “Chad Powers” es su máscara literal y figurativa, alguien con voz falsa, cara distinta, actitudes distintas.
Lo divertido, lo incómodo, lo emotivo está en esa tensión: ¿cuándo Russ se convierte en Chad, y Chad empieza a ser algo distinto de lo que Russ programó?
Esa dualidad genera preguntas poderosas: cuando defendemos algo con engaños, ¿qué parte de nosotros dejamos al descubierto? ¿Y si el acto de disfrazarse se convierte en herramienta de sanación, o de autoengaño?
Humor, deporte y corazón
La serie no pretende ser drama pesado. Le pone comedia, momentos exagerados, chistes que a veces raspan lo absurdo, situaciones de impostura (imagina a un adulto fingiendo ser un joven walk-on en un equipo universitario). Pero también hay calor humano: la urgencia de volver a creer en uno mismo, la vergüenza de la caída, la necesidad de reconocimiento, tanto personal como público.
Por ejemplo, hay escenas reales; se nota que Powell entrenó para poder hacer los partidos con verosimilitud (los Manning, Eli y Peyton, participaron como productores ejecutivos).
También, para el rol de Chad, se usaron prótesis faciales, peluca, bigote, dientes falsos: no todo es superficial, hay una preparación detrás que exige compromiso físico y emocional.
No todo el show gira alrededor de Russ/Chad. Hay personajes como Ricky, una entrenadora con su propio orgullo, ambición y conflictos; Coach Byrd, Jake Hudson, Danny y otros que no solo actúan de apoyo sino que reflejan lo que sucede cuando alguien con fallas entra a tu vida reconociéndolas o disfrazándolas. Estos ayudan a que la historia no sea solo sobre uno, sino sobre comunidad, percepción ajena, verdad compartida y mentira tolerada.
La premisa funciona bien, hay algo muy potente en disfrazarse para volver a empezar. Es una idea absurda, pero humana. Esa absurda legitimidad la logran pulir con carisma.
Aunque tira muchas veces a la comedia grosera, logra momentos sinceros. Esa mezcla de “reír y sentirse un poco culpable después de reír” es difícil, pero algunos episodios lo consiguen.
En cuanto a las escenas de fútbol americano, estas tienen ritmo, las charlas deportivas, los uniformes, la tensión del campo: todo eso le da credibilidad al cuerpo de la serie, lo que ayuda a que lo ridículo no se sienta vacío.
La transformación personal de Russ hacia alguien que quizá no quiera seguir ocultándose le da identidad a la serie. Verás cómo Russ se esfuerza para que Chad tenga sentido, para que no sea simplemente un disfraz cómico, sino un espejo de sus propias posibilidades de reparación.
No obstante, algunos chistes perdonan demasiado, otros se sienten forzados o básicos. Hay quienes lo ven como “una comedia tonta”, pero también hay críticas que reclaman mayor inteligencia en el guion.
Además, el personaje de Chad puede resultar desagradable al principio. No todos empatizan con Russ/Chad; su ego, su impostura, su tontería pueden chocar mucho, especialmente al inicio cuando no se ha ganado todavía la simpatía. Eso puede hacer que algunos espectadores dejen de verla, además de que es muy predecible.
Vale la pena verla porque todos llevamos un “Chad Powers” dentro. Esa parte de nosotros que intenta ocultarse, que quiere rehacer algo, que quiere que lo acepten aun con máscaras. Ver a alguien así reconociéndose puede ser reconfortante, brutal y divertido.
Además se ríe de los clichés, de la cultura del deporte universitario, de los que se creen estrellas, de los que han sido olvidados.