Hubo un tiempo en que Paramount y Disney vivían en paz, vendiendo sus producciones al mejor postor. Pero la irrupción de Netflix rompió el hechizo, y los estudios se lanzaron a una guerra de plataformas propia de titanes. Ahora, la factura está llegando.
Mientras Paramount Skydance intenta resolver el conflicto con una compra millonaria de Warner Bros. Discovery por 110.000 millones de dólares (una operación que ya enfrenta demandas antimonopolio en 12 estados), la verdadera disrupción llega desde las mesas de análisis.
Un informe de Wells Fargo plantea una herejía para la industria: ¿y si la solución no es ganar la guerra, sino rendirse?
Según el banco, Disney podría aumentar su capitalización bursátil en un 40% si abandona Disney+ y se centra exclusivamente en la producción y venta de contenido.
La realidad es que, tras años de pérdidas, el margen operativo del streaming (13%) no llega ni a la mitad de lo que generaba el estudio tradicional antes de la fiebre digital. Ni siquiera Netflix, el pionero, es inmune: sus acciones han caído un 20% en lo que va de año 2026.
Paramount suele atribuir su propio declive constante, que comenzó hace 15 años, a la estrategia de revender gran parte de su catálogo a la naciente Netflix para obtener dinero fácil.
Sin embargo, la respuesta ha sido invertir sumas cada vez mayores, tanto en plataformas de streaming como ahora en la adquisición a precio de oro de Warner Bros. Discovery. Puede que Netflix sea el villano del cuento, pero las empresas a las que desplazó son sus propias peores enemigas.
La gran mentira del sector fue creer que poseer la distribución crearía un vínculo inquebrantable con los espectadores.
Pero la fidelización no se compra con miles de millones en servidores; se construye con historias, no con catálogos infinitos. Paramount culpa a Netflix de su declive por venderle sus joyas en el pasado, pero la realidad es que su mayor error fue intentar imitarlo.
A veces, para ganar el cuento, hay que saber salir de la guerra a tiempo.